lunes, 12 de marzo de 2018

Sabiduría de la naturaleza





La naturaleza es sabia porque responde a las leyes divinas que se han generado desde el inicio de la creación del universo.

No hay nada en la naturaleza que sea casual, antojadizo o errático. Por medio de sus manifestaciones se reciben permanentemente las enseñanzas que debemos aprender.
Nuestra ignorancia, producto de la falta de estudio de esas manifestaciones, nos mantiene a “oscuras” en este tema y por simplismo nos limitamos a disfrutar de las bellezas que nos regala o a lamentarnos por las reacciones drásticas que en ella observamos.

Para comprender por qué disfrutamos o sufrimos las manifestaciones de la naturaleza, debemos recordar las razones por las cuales fue creada.
Los mundos son creados para posibilitar la convivencia pacífica y armónica de los hombres. La Creación fija las leyes que guiarán a los mundos y a los hombres al objetivo de comunión, solidaridad y fraternidad.

Cuando el hombre altera la armonía de la naturaleza, está violando las leyes divinas que la rigen y como lógica consecuencia aquella se manifiesta dando respuesta a esa alteración.
Ya es tiempo que la mayoría de los seres humanos que habitamos este planeta comprendamos que no hay efecto sin causa, que a toda acción le corresponde una reacción y que si se siembran tormentas se cosechan tempestades.
Esto lo enseña la ley de causalidad.

En tanto no tomemos conciencia de la sabiduría divina que rige la naturaleza, no entenderemos cuál es la enseñanza que nos brinda en cada una de sus manifestaciones.
Al no comprender las enseñanzas que nos imparte, es posible que muchos de nosotros lleguemos a pensar que el ser creador actúa caprichosamente, repartiendo bellezas y catástrofes en forma indiscriminada. ¡Esto no es así!
Es el hombre el causante de todas las alteraciones que se producen en la naturaleza.  Sus pensamientos destructivos generan acciones destructivas y por la ley de causa y efecto, esos pensamientos y acciones alteran el equilibrio natural que tiene todo el sistema ecológico.

La mente sana mantiene el cuerpo sano en el hombre. El cuerpo humano es el “mundo” individual en donde habita el espíritu del hombre.
La familia sana construye un hogar sano. El hogar del hombre es el “mundo” donde se desarrolla la vida en familia.
La humanidad sana mantiene un mundo sano. El mundo Tierra es el “hogar” donde habita la familia humana.

Las leyes divinas rigen la vida del hombre, de la familia y de la humanidad. El objetivo que se proponen con su eterna vigencia, es el de educar al ser humano para que viva en paz y armonía consigo mismo y con sus semejantes.

La naturaleza es sabia. La soberbia del hombre, que es la máxima ignorancia, no le permite comprender lo que la naturaleza le enseña por medio de sus permanentes manifestaciones.
El hombre de este siglo, individual o colectivamente considerado, tiene el libre albedrío para adherirse o no a la convivencia armónica que requieren las leyes divinas que rigen el universo.-







El suicidio de la humanidad





Se entiende por suicida a toda acción o conducta que daña o destruye a la misma persona que realiza esa acción u observa esa conducta autodestructiva.

La humanidad está atentando contra su vida porque sus integrantes no han desarrollado el grado de conciencia que los lleve a vivir en armonía con las leyes de la naturaleza.

La naturaleza es sabia porque sabio es el Creador Universal que la concibió y el hombre actúa sabiamente cuando hace una vida sana, física y espiritualmente.

En el cuerpo del hombre conviven sustancias provenientes de los tres reinos de la naturaleza. Esta realidad física nos indica que el cuerpo humano es hijo de la naturaleza terrestre que lo sostiene, alimenta y provee de todos los elementos necesarios para su subsistencia.

La naturaleza actúa como placenta y su misión es asegurar los cambios nutritivos entre ella y su hijo: el cuerpo del hombre.

Todo atentado que realiza el ser humano contra su madre naturaleza implica la destrucción de la placenta que lo alimenta. Este acto suicida genera un alto costo de vidas humanas que se pierden al extinguirse los recursos minerales, vegetales y animales que constituyen el sustento de la humanidad.

Al decir de Darío Lostado, filósofo y psicólogo contemporáneo, “el hombre debiera aprender que él no es el autor de la naturaleza, que el Universo todo va desarrollando el plan del Ser Infinito y que debiera sentirse más solidario y en armonía con todo el Universo en lugar de apropiárselo necia y egoístamente”.

Gran parte de la humanidad transita sobre este mundo como depredadora de especies vegetales y animales (algunas en vías de extinción). Se hace una explotación indiscriminada de las riquezas del subsuelo; se contaminan las aguas de los ríos y mares con sustancias que destruyen distintas formas de vida y la polución de la atmósfera producida por residuos de procesos industriales son la causa de enfermedades y alteraciones climáticas.

Esta actitud de desequilibrio psíquico y espiritual del ser humano, constituye un suicidio para las presentes generaciones y un atentado contra las futuras generaciones de nuestros hijos que recibirán una herencia ecológica que no les permitirá desarrollarse sanamente.

Las manifestaciones de la “madre tierra” son medios que ésta utiliza para hacer reflexionar a sus hijos por los ataques a los que se ve sometida.

El filósofo español Joaquín Trincado decía que la humanidad llegará a “saber por convicción que los mundos son creados sólo para crear al hombre, y que él sintetiza en sí mismo todo el valor material y espiritual de un mundo siendo el objetivo de su creación el de fraternizar toda la familia humana”.

Este objetivo trascendente para el hombre no puede alcanzarse si la humanidad sigue actuando contra sí misma y contra este mundo que la sostiene.

El escritor Rodolfo Benavides avala estos conceptos cuando cita al físico Arquímedes quien al respecto sostenía que “jamás se llegará a la paz en la tierra mientras no haya paz en las almas, y no podrá haber paz en las almas si en ellas anidan el odio, la ambición y la egolatría. Una redistribución del mundo en que cada hombre pueda desenvolverse mejor, traería más rápidamente la paz que el afán de convertir en cárcel a las naciones. Entonces, si los hombres por sí solos no son capaces de organizarse y distribuir equitativamente la riqueza que les ha dado la naturaleza, tendrá que intervenir la propia naturaleza para hacer la justicia que el hombre no ha podido o no ha sabido realizar, movido por ambiciones nocivas y criminales.”

De todos modos, como la ley divina es inflexible en su mandato e inexorable en su cumplimiento, la familia de este mundo llegará necesariamente a la fraternidad humana por el convencimiento que engendra el amor o por el escarmiento que produce el dolor.-





La alegría de renacer (segunda parte)





¡Viva el reencuentro con la luz y la verdad del espíritu!

   Amigo, disfruta de la llamada desencarnación porque ella también es una demostración de vida y con mayor o menor alegría, según hayan sido tus obras, elévate sobre tu materia para reencontrarte con la frecuencia espiritual en la que vibrarás de acuerdo al amor que hayas demostrado en la existencia que has terminado.

   Allí no encontrarás las mismas dimensiones de este mundo que estás abandonando temporalmente.

   Tu espíritu, envuelto en tu alma, verá todo a la vez hasta donde tu progreso alcance. 

   No tendrás tus ojos materiales que limitaban tu visión a lo que tenías frente a ellos.

   En el espacio no encontrarás ni un delante ni un atrás, no hallarás un arriba ni un abajo, penumbras ni oscuridad. 

   Todo es luz y el disfrute que tengas del magnífico espectáculo que te brindará “tu nueva” visión de tu Universo, dependerá del grado de luz individual que hayas alcanzado con tu progreso. 

   Ese Universo es tuyo porque a él perteneces y a él lo recibiste en heredad común para disfrutarlo con tus semejantes en fraternidad y armonía.

   Lo que te pido es que lo pongas en práctica ahora que estás en materia y desde ya disfrutes de la desencarnación como un acto natural de tu propio proceso evolutivo. 

   Para lograrlo debes disfrutar de cada uno de tus días en tu materia, porque si no has sabido gozar de tu vida cotidiana tampoco sabrás enfrentar con alegría tu proceso natural de encarnar y desencarnar eternamente.

   Las pautas culturales propias de la vida en sociedad, es posible que no te hayan enseñado ni permitido que te hicieras luz en este tópico. 

   Pero en compensación a esa carencia has podido ponerte en contacto, en esta existencia, con otras personas que ya lograron rememorar en materia la alegría que encierran en sí mismos todos los actos de la vida.

   Aprende de ellos y fundamentalmente, aprende de ti mismo, porque en ti están “guardadas” todas esas maravillosas sensaciones que experimenta el espíritu cuando hace un contacto más directo con el Universo infinito y multidimensional.


¡Tú lo has experimentado miles de veces!

   Sólo debes recordarlo y disfrutarlo como espíritu, en comunidad con tu alma y tu materia. ¡Buen viaje hacia el interior de ti mismo! 


Reflexión:

   No olvides que cuando vayas a renacer en otros mundos de mayor progreso que éste, nacerás con una sonrisa en tus labios, en lugar de un llanto, porque desde ese mismo momento sabrás de dónde vienes, por qué has reencarnado y hacia dónde vas, te conocerás a ti mismo y amarás a tus semejantes. Si aprendes a desencarnar con una sonrisa de alegría en tus labios, también aprenderás a renacer de la misma forma.-